miércoles, 16 de julio de 2008

INTELIGENCIA GEOPOLÍTICA


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Jueves, 06 de Julio de 2006
Informe de inteligencia geopolítica: Rusia: ¿Y ahora qué?
Durante las últimas dos semanas, el Kremlin ha emitido declaraciones contradictorias a través de funcionarios. Rusia, luego de 25 años de doctrina Andropov, se encuentra atrapada en una crisis cada vez más profunda, sin solución inmediata o efectiva aparente. Columnista invitado: Peter Zeiham
Las declaraciones del Kremlin fueron hechas a través de funcionarios entre los que se incluyen el CEO de Gazprom, Alexei Millar, los subjefes de la administración presidencial Vladislav Surkov e Igor Sechin, los Vice Primer Ministro Dmitry Medvedev y Sergei Ivanov, el Ministro de Relaciones Exteriores Sergei Lavrov e incluso el Presidente Vladimir Putin. Un día, Miller pareció amenazar indirectamente el suministro de gas a Europa; al siguiente, Gazprom concedió a los ucranianos otros tres meses de exportaciones a precios inferiores a la mitad de los del mercado europeo. Otro día, Lavrov propuso abruptamente restringir las discusiones de la inminente cumbre del Grupo de los Ocho (G-8) de San Petersburgo a fin de excluir temas que incomodan a los rusos, entre ellos, Chechenia; a esto siguió una declaración de la oficina de Lavrov según la cual ningún tema era tabú. En otro frente, Ivanov se puso a filosofar sobre el poderío militar de Rusia y advirtió acerca de avances de occidente, mientras Surkov acotó que Rusia nunca se modernizaría sin relaciones sólidas y amistosas con occidente. En un momento, se podía ver a los rusos presionando por el derecho de Irán a un programa nuclear civil completo tras lo cual expresaban, con igual énfasis, su preocupación por la proliferación nuclear. Estas declaraciones y otras por el estilo no sólo parecen sino que son inconexas. Estas incoherencias son los síntomas visibles de un problema subyacente y sistemático. En pocas palabras, Rusia, luego de 25 años de doctrina Andropov, se encuentra atrapada en una crisis cada vez más profunda, sin solución inmediata o efectiva aparente. Los problemas con los que Rusia tiene que lidiar son multifacéticos –y no han hecho otra cosa que aumentar en proporciones desde que fueron identificados por primera vez por los líderes de la generación de Andropov. En el aspecto demográfico, el país está en un muy mal momento: la población está envejeciendo, reduciéndose en número y cada vez menos saludable. El número de musulmanes está creciendo, mientras que el número de rusos étnicos está disminuyendo. Casi todo el crecimiento económico desde la crisis financiera de 1998 fue producto de una moneda artificialmente débil o de los precios de la energía, cada vez más altos, y hay ecos del exceso de endeudamiento por encima de sus recursos, que sobrevino con posterioridad al boom de los precios del petróleo de 1973 y 1981. La OTAN y la Unión Europea –otrora preocupaciones distantes– ocupan ahora la totalidad del panorama occidental, y están extendiendo su alcance hasta Ucrania cuyo futuro está ahora en juego. Más recientemente, han surgido también otras preocupaciones, condensadas en el tratado START, de reducción de armas estratégicas. El tratado, que entró en vigencia en 1991 y obliga a los Estados Unidos y a Rusia a no tener más de 6.000 ojivas nucleares cada una, vence en 2009, y los Estados Unidos no están precisamente ansiosos de renovarlo. Entre los encargados de planificar la defensa de ese país, existe la creencia de que la mayor parte del programa de defensa nuclear ruso se está acercando al fin de su vida útil, y que reemplazar la totalidad de la flota estaría muy por encima de la capacidad financiera de Rusia. Desde el punto de vista de los Estados Unidos, no hay razón para someterse a un nuevo tratado que limitaría sus opciones, especialmente cuando la Rusia de hoy es mucho menos capaz de sostener una carrera armamentista que la Unión Soviética de antaño. Con todo eso, los líderes de Moscú están empezando a ver con claridad que es necesario hacer algo si Rusia pretende resistir estas amenazas externas e internas. El gobierno está tratando de encontrar una estrategia, pero la historia moderna de Rusia no ofrece modelos exitosos en los cuales inspirarse La Doctrina Andropov La historia moderna de Rusia, por supuesto, se remonta a épocas previas a la caída de la Unión Soviética –comienza con el acceso al poder de Yuri Andropov en noviembre de 1982. Andropov había estado a cargo de la KGB, en un país donde la información estaba rigurosamente compartimentada; por eso llegó al poder sabiendo algo que, durante años, el resto del mundo no percibió: la Unión Soviética no sólo estaba perdiendo la Guerra Fría, sino que se encontraba peligrosamente cerca del colapso económico. Hacía ya mucho que occidente había superado a los soviéticos en todo lo que era importante –desde la producción económica, hasta la productividad de la clase trabajadora y la expansión militar. Andropov estaba convencido de que, con el tiempo, y a menos que se produjera un cambio de proporciones, Moscú caería. El plan de Andropov era asegurarse, de parte de occidente, dinero, habilidades de conducción y tecnologías no militares con el objeto de recrear una Unión Soviética más funcional. Pero los soviéticos no tenían nada significativo con qué negociar. No tenían el efectivo, carecían de productos que occidente quisiera, y Andropov no tenía intención de desprenderse de la tecnología militar soviética (que, aun cuando han pasado 15 años desde el fin de la Guerra Fría, todavía les da dolores de cabeza a los estadounidenses). Finalmente, Andropov supo que la Unión Soviética sólo tenía una cosa que occidente quería: el espacio geopolítico. Y fue el espacio, entonces, lo que les dio. También fue lo que les dieron los líderes que lo sucedieron: Gorbachev, Yeltsin y Putin. El hilo conductor que ha unido a los líderes rusos durante el cuarto de siglo pasado ha sido éste: la creencia de que si no se modificaba en lo fundamental, si no construía una nueva versión de sí misma, Rusia no sobreviviría. Y el único modo de obtener las herramientas necesarias para lograrlo era resignar influencia. En consecuencia, todo lo que Rusia tenía, desde Cuba hasta Namibia, Polonia, Afganistán y Vietnam fue entregado, liberado, o abandonado, todo con la esperanza de que Rusia podría comprar tiempo, tecnología o dinero suficientes para lograr la diferencia decisiva. Durante casi 25 años, ésta fue la estrategia, hasta que la pérdida de Ucrania en la “Revolución Naranja” hizo aparecer el espectro de la disolución de Rusia. Los rusos se apartaron de la doctrina Andropov, abandonaron el pacto implícito en ella, reformaron el gobierno bajo el liderazgo de pragmáticos leales a Putín y comenzaron a resistir la presión de Occidente. No resultó del todo bien. El quid de la cuestión Si bien los rusos han perdido muy poco de su habilidad para la confrontación cuando se hace necesario, las confrontaciones que han iniciado han sido contrarrestadas. Los rusos están tratando de presionar contra el aumento de la influencia de los Estados Unidos en su región con todos los medios a su alcance, con el objetivo de distraer la atención de los estadounidenses. Pero también hay un elemento de auto control: los líderes pragmáticos que están ahora en el poder se dan perfecta cuenta de que si el Kremlin presiona demasiado, las mismas herramientas que usan para preservar su influencia desencadenará reacciones de parte de los Estados Unidos y otros países que tendrán por único efecto aumentar la presión. Durante los últimos siete meses, Moscú ha cortado temporalmente el suministro de gas natural en un intento por obligar a las potencias de Europa occidental a ayudar a Rusia a controlar las regiones del antiguo territorio de la Unión Soviética que Moscú consideraba rebeldes. La respuesta de los europeos, sin embargo, ha sido comenzar a explorar formas de dejar de depender del suministro de energía que les brinda Rusia, algo que jamás había sido contemplado durante las maniobras del Ejército Rojo en tiempos de la Guerra Fría. Mientras tanto, Moscú ha intentado sumar a China en una alianza que pudiera contrarrestar a los Estados Unidos, y China ha sacado ventaja de este acercamiento para extender su influencia en Asia Central. Mientras tanto, los rusos han tratado de utilizar las ventas de armas y la diplomacia para complicar los esfuerzos de los Estados Unidos en el Oriente Medio. Sin embargo, se han encontrado con que los iraníes los han utilizado como un instrumento de negociación, para ser luego desechados. En resumen, el peso de Rusia no representa lo que representó alguna vez. Si se observa el Kremlin de estos días, se tiene la impresión de que se ha abierto una intensa discusión entre un grupo de viejos conocidos, todos ellos perfectamente conscientes de las circunstancias que enfrentan. Esta impresión, probablemente, no esté muy lejos de la verdad. Putín ha improvisado el actual gobierno invitando a participar a facciones antagónicas entre los siloviki (los ahora tristemente famosos representantes de las estructuras de seguridad y poder de Rusia), reformistas y oligarcas que quedarían en deuda con él, todos los cuales reconocen las fortalezas y debilidades de las ideologías de sus predecesores. Pro primera vez en décadas, los que tienen la última palabra en el Kremlin no solamente están de acuerdo con la naturaleza de los problemas de Rusia y no discuten, en realidad, entre ellos, sino que tampoco desean someter su país a la falsa comodidad de las políticas motivadas por ideología, chovinismo o idealismo reformista. Este gobierno es el más pragmático y unido que Moscú ha tenido en una generación. Pero es un gobierno unido y pragmático que se aferra desesperadamente a una esperanza. Todos los líderes de Rusia creen que el sendero que recorrió la Unión Soviética llevó al fracaso, y por eso están comprometidos con la lógica, el razonamiento y las conclusiones de la doctrina Andropov. Sin embargo, también son realistas e inteligentes, lo suficiente para reconocer que esta doctrina también le ha fallado a su país. Así, el gobierno de Putín está luchando con una pregunta fundamental: ¿y ahora, qué? Las opciones de Rusia Sin buenas opciones disponibles –y después de haber probado de alguna u otra manera todas las malas opciones– hay una proliferación de políticas reactivas a corto plazo. Todos los que tienen alguna autoridad experimentan en los márgenes de las políticas. Medvedev retoca la política energética de Ucrania, mientras Ivanov “hace ruido” con la amenaza nuclear, y Putín trata de hacer aparecer a los dos como las caras opuestas de una misma moneda, al tiempo que se prepara para las conversaciones del G-8. Los funcionarios del Kremlin están tratando de coordinar y hay poca hostilidad interna –pero al final, nadie se atreve a presionar con firmeza en ninguno de los frentes por temor a que se produzcan reacciones fuertes que sólo empeorarían las cosas. La estrategia, o la falta de ella, provoca una inmensa cautela. La naturaleza humana, por supuesto, hace lo suyo. Nadie quiere ser personalmente responsable de una política que podría significar un revés a nivel nacional; por eso, los funcionarios del gobierno buscan el consenso pleno de sus pares. Y es imposible conseguir el respaldo absoluto de un grupo de hombres inteligentes que, en su totalidad, reconocen la historia y los riesgos que hay en juego. Sólo porque uno sabe que, a largo plazo, el castigo de la inacción es la muerte, eso no significa que no haya dudas acerca de intentar curas experimentales. Pero las curas experimentales son prácticamente todo lo que le queda a Rusia. Utilizar los suministros de energía como arma no le comprará más poder a Moscú; eso puede ayudar con los objetivos a largo plazo, pero solamente a costa de resignar la influencia a largo plazo, ya que los clientes recurren a otras soluciones. Si bien la asociación con China resulta atractiva en alguna medida, los chinos quieren los suministros energéticos rusos y la tecnología militar sin el bagaje político-militar que acompañaría una alianza formal. Moscú conserva la capacidad de generar interminables dolores de cabeza a occidente, y en particular a los estadounidenses y a los responsables de dictar las políticas, pero los costos para lograrlo son altos y –aun considerando la debilidad de la actual administración en Washington– rara vez vale la pena pagar las consecuencias.. Todo esto les deja tres posibilidades a los pragmáticos. Una de ellas es que el equipo de Putín ignore la historia y todo lo que saben que es cierto y jueguen a la ruleta rusa geopolítica. En otras palabras, pueden presionar para confrontar con occidente y rezar para que los contraataques no sean excesivamente malos. La segunda posibilidad es no hacer nada –por tener demasiado miedo a las consecuencias –o seguir con la reciente tendencia de espasmos retóricos. Bajo esta “estrategia”, el gobierno ruso sucumbiría a los problemas previstos por Andropov hace una generación. La tercera posibilidad es un desplazamiento del liderazgo. Tal como Putín desplazó a los oligarcas, reformistas y silovki de Rusia porque sentía que sus ideas no se traducirían en éxito para Rusia, esos grupos de poder sienten lo mismo por el gobierno de Putín. La opción, entonces, es que uno de estos grupos desplace de algún modo al actual gobierno e intente hacer una nueva Rusia. Varias advertencias son pertinentes en este caso: debería tratarse de un grupo lo suficientemente coherente y consistente como para tomar y retener el poder, comprometido con una ideología de definiciones como para ignorar las deficiencias de esa ideología, y que cuente con la confianza o el temor de la población para que le sea posible ejercer el poder. Los oligarcas rusos no son unidos y la gente no confía en ellos, e históricamente han puesto el interés personal por sobre los intereses nacionales. Los reformistas, si bien están unidos, no cuentan con la confianza del pueblo en su totalidad y hace mucho que desapareció el idealismo en el grupo que implementó la desastrosa terapia de shock a comienzos de la década de los años noventa. Los siloviki, sin embargo, son en su mayoría coherentes y populistas, y no han dejado que la economía o la política interfieran con su nacionalismo o con su oposición ideológica al capitalismo y los Estados Unidos. Por otra parte, no temen usar la fuerza militar cuando los nativos –o los vecinos– se ponen inquietos. Asumiendo que Rusia no se paralice por el miedo, su destino parece ser regresar a un modelo en el cual los nacionalistas, los aparatos militar y de inteligencia, tienen la última palabra, una especie de Unión Soviética con una base étnica. Si este fuera el caso, la única cuestión que queda por determinar es: ¿quién dirigirá la transformación? Con cada día que pasa, Putín parece menos apto para este papel.
ATTE. Dr. LUIS ANTONIO, ROMERO YAHUACHI

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