domingo, 20 de julio de 2008

MAQUIAVELISMO: EL MODELO DE LA ESTRATEGIA EN MAQUIAVELO


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Por Rafael del Águila
Catedrático de Ciencia Política,
Universidad Autónoma de Madrid.

Me propongo en este paper definir el maquiavelismo como un tipo de lectura específica de la obra de Maquiavelo. Una lectura entre varias posibles, que se contradice con otras y que no acaba de encajar del todo en el cuerpo de la obra maquiaveliana. Pero una lectura que, sin duda, ha tenido una indudable resonancia histórica. Esta lectura que llamaré estratégica se formula como un modelo lógico de vinculación de sujeto de la acción, los medios utilizados y los fines perseguidos, sin consideraciones normativas alguna. A la descripción de esas piezas lógicas y a las argumentaciones que las subyacen dedicaré este breve trabajo.

Varios autores e interpretaciones pueden ser reivindicados dentro de esta descripción que me propongo hacer (Cassirer, Schmitt...) Pero lo realmente importante, creo, es definir en qué consiste exactamente el maquiavelismo, distinguirlo de lo que es maquiaveliano (es decir relativo a la obra de Maquiavelo), y especificar sus rasgos básicos más allá de aquella frase, nunca escrita por nuestro autor, y que afirma que el fin justifica los medios.

Para muchos de sus lectores el florentino es el creador de una nueva forma de pensar respecto de la política. Una nueva forma que se vincularía con el refinamiento de un método estrictamente científico de saber y una fórmula de acción política basada en la estrategia que se correspondería con él. Tanto la ciencia como la acción aspirarían a definirse como valorativamente neutrales e inspiradas en la separación entre lo que es y lo que a nuestro parecer debe ser. El interés de conocimiento que inspiraría a este modelo científico-estratégico sería la pregunta sobre el “cómo” se hace algo, no sobre el “porqué” se hace o debería hacerse. Dicho de otro modo, el saber que aconseja este modelo estratégico es un saber técnico sobre la política y una acción guiada por ese saber. ¿Qué hay que hacer si el sujeto de la acción política (príncipe o ciudadano, usted o yo) quiere lograr un determinado objetivo (la obediencia o la libertad, por ejemplo)? La pregunta de acuerdo a este modelo es ¿qué medios deben utilizar para alcanzar su fin? ¿Cómo debe disponer esos medios? Así, las consideraciones en el modelo estratégico son siempre técnicas. Son extrañas al mismo las reflexiones que se apoyan en valores o en normas éticas (por ejemplo: el fin de la acción debe ser la libertad o la justicia). En el modelo no se pregunta si el fin es legítimo o justo o si el sujeto debe quererlo o no. Tampoco dice una palabra sobre la calidad ética de los medios: si se trata de medios moralmente irreprochables (ampliemos los derechos para ampliar las libertades de los ciudadanos) o de crueldades intolerables (asesinemos a los enemigos de la libertad para conseguir más libertad). Por tanto se trata de un modelo preocupado únicamente por subrayar el diseño de estrategias políticas capaz de alcanzar resultados queridos, con independencia de los fines que perseguimos o los medios que empleamos.

En algunas de las interpretaciones clásicas de la obra de Maquiavelo, parece bastante extendida la opinión de que el modelo estratégico de acción política es el que mejor recoge las particularidades de la teoría de la acción diseñada por el florentino. En realidad, el supuesto de esta interpretación sugiere que la puesta en marcha del mecanismo estratégico sirve a la enseñanza sobre la protección del sujeto (el príncipe) y conduce a su seguridad. No se trataría aquí de ofrecerle al sujeto de la acción un saber formativo y moral sobre lo que debe querer, a la manera clásica. Tampoco de engarzar los fines individuales del príncipe con aquellos de la comunidad. La estrategia maquiavélica tiene un fin primordial: en un medio de novedad e inseguridad el modelo estratégico ha de proveer al sujeto de herramientas de acción para la supervivencia. Aquí la valoración sobre los medios de acción política tiene como único criterio: que produzcan resultados satisfactorios desde el punto de vista (absoluto) del sujeto de la acción. El juicio sobre la acción se preocupa, entonces, con total indiferencia por el valor ético de los medios utilizados, por los resultados obtenidos y se refiere tanto a la eficacia (obtención del fin propuesto) como a la eficiencia (obtención del fin con un mínimo coste). Según esto, el único fin del que cabe hablar aquí es el del provecho del sujeto de la acción (cualquiera que sea el sujeto, cualquiera que sea su provecho). Es la "condición" del sujeto lo que se trata de proteger (cualquiera que sea el sujeto, cualquiera que sea su condición.)

Estamos aquí ante un aparato lógico de justificación de las acciones políticas de acuerdo con el cual el juicio sobre la pertinencia de una acción se retrotrae al resultado de la misma de acuerdo con la idea de provecho del sujeto. Según esta línea de interpretación estratégica se explican ahora el juicio por las consecuencias de modo que cuando Maquiavelo escribe que "en las acciones de todos los hombres, y especialmente de los príncipes, donde no hay tribunal al que recurrir, se atiende al fin" (P,18) o que “los hombres juzgan las cosas por sus resultados" (D,III,35), esas afirmaciones se toman como prueba del carácter técnico y estratégico de la acción recomendada por él. Y, así, todo se reduce aquí al hecho de que lograr los fines del sujeto de la acción (seguridad) justifica en todo caso el uso de la violencia y la mentira.

Y lo cierto es que algunos rasgos de sus teorías parecen dar la razón a ese punto de vista: sus reivindicaciones del realismo y su rechazo explícito al utopismo y al idealismo, su desconsideración por la crueldad o la inmoralidad de los medios empleados si el fin perseguido se consigue, el juicio político fundado exclusivamente en criterios de eficacia y eficiencia en la consecución del fin, ciertas definiciones de la virtù referidas a atreverse, poder y saber usar de aquellos medios, por brutales y manipuladores que sean, que protejan la seguridad del sujeto, etc.

También apoya en cierta forma esta interpretación el hecho de que la acción política en Maquiavelo parece ser de “una sola dirección”. Hay un punto de vista absoluto que desde el que se juzga el proceso: el del príncipe, por ejemplo. Y, así, el sujeto del poder es la parte activa de la relación, mientras el obediente (el súbdito) se mantiene "sujeto" a la represión, regularización o canalización de sus acciones. El que manda debe mandar inteligentemente y el que obedece obedecer diligentemente. Es bastante claro que esto comporta una cosificación del "otro". Cosificación que permite objetivar las reacciones del obediente (su previsibilidad) y, por tanto, incrementar la propia capacidad estratégica del sujeto de la acción. De este modo, el poder se concentra en el sujeto y se refiere exclusivamente a la consecución de comportamientos obedientes en “el otro”.

De este modo el maquiavelismo considera que se resolvería "técnicamente" el problema planteado al considerar a la política como mero antagonismo ciego de fuerzas que se oponen. El mundo es peligroso y el único modo de sacar adelante los fines es “asegurarse” y poner en marcha el mecanismo estratégico de la acción política. Y entonces obtener obediencia, y con ella control y previsibilidad, es el único objetivo de la práctica política guiada por la aspiración a vivir seguro. Como un espadachín que enseña su arte (el ejemplo es de Schopenhauer), como un ajedrecista que mueve sus piezas (el ejemplo es de Cassirer), no hay más criterios que la victoria en el juego. Nadie se pregunta si una estocada es buena o mala sino en el sentido de la eficiencia, nadie se cuestiona un movimiento sino en el sentido de que logra o no una posición ganadora. El espadachín y el ajedrecista son buenos o malos como personas y buenos o malos en el uso de su arte. En un caso son, digamos, moralmente bondadosos, en el otro hábiles o torpes. Pero el criterio de ambos juicios no es el mismo.

En estas condiciones en la lectura estratégica del florentino, la única ética relevante sería una ética de victoria en la lucha por el poder (Ritter), basada en una tecnicidad sin freno alguno, en la que sólo la razón (estratégica) dicta y el propio provecho decide. Técnica y poder eliminan de su horizonte cualquier límite moral a la acción y hacen de la política al mismo tiempo una actividad fría y despiadada.

De acuerdo con esto, Maquiavelo sería, en realidad, el fundador de un modelo de acción política preocupado exclusivamente por diseñar estrategias lógicas capaces de producir resultados políticos. El fundador de una tradición que agrupa en teoría política a una serie de conceptos de racionalidad de la acción que irían desde la racionalidad medios/fines (Weber) hasta la racionalidad instrumental (Horkheimer) o estratégica (Habermas), siendo finalmente convertida en paradigma por la teoría de juegos. Una teoría al tiempo científica y amoral, realista y más allá del bien y del mal, basada en un utilitarismo sin corazón, y en la constante expectativa del peligro y el daño mutuo, del aislamiento y la autarquía. Una teoría que sería propiamente hablando, el maquiavelismo en estado puro.

Ahora bien, según esto, deberíamos encontrar en Maquiavelo los rudimentos de un modelo estratégico que respondiera a la vinculación meramente técnica de medios y fines y no contuviera mayor consideración sobre aspectos normativos. Y esto haría igualmente necesaria una definición de los mecanismos de la estrategia que los presentara como "exteriores", primero, al sujeto de la acción que los utiliza y, segundo, a los fines que ese sujeto persigue. O sea, que para que el modelo funcione adecuadamente necesita, como el maquiavelismo sugiere:

1. Que el sujeto de la acción sepa y pueda actuar según le conviene, que si resulta necesario sea un desalmado (para no dudar del uso de la violencia y el fraude para conseguir sus fines), aisladamente decida sus fines y sus propósitos, desligado de tradiciones o intereses comunes reflexione sobre su conveniencia y así “asegure” su seguridad en el peligros mundo que le rodea.
2. El modelo también requiere que el uso de aquellos medios no “afecte” al fin mismo. Por ejemplo que un uso de la crueldad o la manipulación no genere más inseguridad y riesgo para el sujeto que lo pone en marcha. O sea, se exige una utilización inteligente y equilibrada de los medios técnicos, no trasgresiones gratuitas de la moralidad o caprichos egoístas del poderoso. Incluso el exceso debe tener reglas reguladoras.

3. Así las cosas, la acción debería desembocar en la “producción” de efectos adecuados (consecución de los propios fines, mediante la fabricación de sujetos adecuados (técnicamente hábiles).

Ahora bien, si queremos aplicar todo esto a la acción política es necesario asumir algunas cosas que es dudoso que el florentino asumiera en su totalidad, aunque ciertamente el maquiavelismo las da por supuestas: primero, el aislamiento del individuo respecto del mundo en el que vive; segundo, la reducción de la acción política a un punto de vista único desde el que se juzga su conveniencia; tercero, la reducción del poder a mecanismos de obtención de obediencia; cuarto, la indiferencia del sujeto respecto de los medios que utiliza y la independencia de los medios respecto del fin que persiguen.

En mi opinión, el sujeto de la acción maquiaveliano está lejos de estar aislado del mundo en el que vive, aunque ciertamente ha de alcanzar una “formación” (en el sentido de bildung) que le permita actuar en el mundo inseguro de la política. Por ejemplo, debe ser realista, enfrentar la verità effettuale de la cosa, no dejarse arrastrar por sus pasiones, disciplinar sus hábitos, etc. Todo ello en íntima relación con su comnidad polóitica de referencia, su actualidad y su historia. No se trata de aplicar mecánicamente la abstracción lógica, sino de sumergir la lógica en el terreno de la experiencia en el mundo y en su historia.

En segundo lugar, la política no es reducción a un punto de vista único y exclusivo del poder. Maquiavelo afirma la pluralidad humana, el inevitable conflicto entre los ciudadanos, los aspectos positivos del conflicto si éste se liga a diferentes perspectivas sobre el bien común, y no a intereses egoístas, el poder formativo de las leyes y los hábitos, etc. No hay aquí unicidad alguna, sino acción en pluralidad, bajo riesgos y contingencias ineludibles.

En tercer lugar, el poder no es en Maquiavelo reducible a un conjunto de estrategias para obtener obediencia. La obediencia es el objetivo del modelo hobbesiano, no del maquiaveliano. Maquiavelo quiere ciudadanos virtuosos, capaces de inteligencia práctica, de coraje, de prudencia cuando esta es necesaria, de determinación cuando las circunstancias la exigen, de un saber y un actuar llenos de virtù, aunque ésta esté lejos de la virtud cristiana.

Por último en Maquiavelo no encontraremos sujetos indiferentes respecto de los medios que utilizan. Para él el bien es el bien, el mal es el mal, la crueldad es la crueldad, y auqniue estos últimos “deban” ser utilizados, eso no cambia su naturaleza ni deja de importar a quien se “ve necesitado”. Tampoco el florentino sostiene la idea de indiferencia de los medios respecto del fin. De hecho hay medios que “contaminan” el fin, por ejemplo un exceso de violencia y fraude crea súbditos incapaces de vivir en libertad y virtuosamente en una comunidad republicana.

De acuerdo con este modelo estratégico que fundamenta el maquiavelismo, la acción política podría definirse como sigue:

1. El logro de los fines (conseguir, mantener, ampliar el poder, o cualesquiera otros).
2. Excusa, justifica o legitima la utilización de cualquier medio técnicamente adecuado (con independencia de su moralidad o eticidad).
3. Que permita al sujeto de la acción (príncipe, tirano o, literalmente, cualquiera) conseguir sus fines.

Oculta tras el modelo y sus piezas lógicas está también la pretensión de universalidad. Es decir, la pretensión de extenderse más allá del dominio de la política e inundar cualquier otro ámbito (económico, social, privado, etc.)

Tengo la impresión de que esta interpretación de Maquiavelo en términos de estrategia desnuda y de maquiavelismo debe mucho a algunos de sus enemigos y adversarios. En efecto, el maquiavelismo logra sus más importantes desarrollos y su vinculación más potente con el poder político gracias a la lectura antimaquiavélica de Maquiavelo. Esta lectura recoge parte de la enseñanza estratégica del florentino: la necesidad de disimulo o simulación, la necesidad de crueldad, etc., pero niega que estos medios puedan ser utilizados respecto de cualquier fin. Los medios políticamente eficaces se desplazan hacia la búsqueda de fines legítimos: ley divina, orden natural, potenciación del rey cristiano. Si son estos los fines se está dispuesto a negociar los medios.
Esta lectura antimaquiavélica reubica al sujeto, le coloca en el cosmos, le dota de un lugar (ley, religión, tradición), le ofrece unos altos fines, un “sentido” en el que integrarse, un orden superior que conservar o defender. Dota al maquiavelismo de ideales que paradójicamente permiten borrar el coste moral de la acción estratégica.

En efecto, la idea de que Maquiavelo es un maestro del mal (Strauss) o un maestro de tiranos (Mansfield) podría explicarse, precisamente, como una interpretación preocupada por subrayar los riesgos de la indiferenciación del sujeto y de la indiferenciación de sus fines. De hecho, buena parte del antimaquiavelismo se orienta hacia una crítica de la enseñanza del florentino y sus seguidores basada en el supuesto de que el maquiavelismo supone la destrucción de la moral y la religión y junto con ellos, del orden del poder, de la autoridad del príncipe, de la credibilidad de las instituciones. Ahora, el comportamiento maquiavélico es, nada más, que la moderna manifestación de la tiranía. Y lo molesto del tirano no sería (o no sería prioritariamente) que utilizara medios terribles para conseguir sus fines, sino que no estuviera ligado al orden político, que no se engarzara con valores y normas compartidos. Lo malo del maquiavelismo sería que destruye el Estado y no lo hace porque utilice medios crueles o fraudulentos, sino porque el sujeto de la acción, al ser indiferenciado e intercambiable, al no estar "calificado", al no ser, por ejemplo, “príncipe cristiano”, resulta imprevisible en su comportamiento y esto destruye el sistema de justificación (legitimación) de sus acciones políticas. Se supone que el sujeto de la acción al estar ligado a ciertos fines (reinar cristianamente) se abstendrá de utilizar medios crueles. Un vistazo a nuestra historia nos muestra unos límites más que flexibles en el uso de los medios cuando estos se justifican en defensa de grandes ideales: la defensa de la fe, del poder legítimo del monarca, de la salvación de las almas de los súbditos, etc

Dicho de otro modo, el antimaquiavelismo está preocupado por subrayar los riesgos del maquiavelismo sencillamente porque el sistema de justificación de sus acciones se "despersonaliza" (y se "desimplica" de los valores legitimadores del orden político) mientras se retrotrae a aprobar o desaprobar el funcionamiento de un "mecanismo lógico". Y esto es lo intolerable del maquiavelismo, no su crueldad o el fraude que indudablemente le acompañan.


Zaragoza, 25 de febrero de 2008.
FRATERNALMENTE.DR. LUIS ANTONIO, ROMERO YAHUACHI

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