martes, 29 de julio de 2008

UNIÓN EUROPEA Y EL TRATADO DE LISBOA


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La UE, sin un plan B, C o D


lunes, 16 de junio de 2008 15:45
Rosa Massagué*


Sin un plan B, ni C, ni D. Así ha pillado a la Unión Europea (UE) el no de los irlandeses al Tratado de Lisboa. Esta falta de previsión, cuando había muchos indicios de que el resultado de la consulta sería el que realmente ha sido, se explica en parte porque este tratado ya era un plan B. Era la solución de emergencia adoptada ante otras negativas, las de Francia y Holanda en el 2005, al Tratado Constitucional, mal llamada Constitución Europea.
No es la primera crisis en la construcción europea ni será la última, pero posiblemente sea la más difícil. En realidad, desde que en abril de 1951 se puso en marcha el proyecto de unión, ésta ha tenido que sortear muchas crisis que, por otra aparte, le han ayudado a crecer y a asentarse.
Sin embargo, el serio tropiezo de ahora tiene unas características específicas que lo distinguen de los anteriores. Ya no son aquellos seis países originales o los doce o los quince los que deben buscar una solución. Ahora son 27 los que deben ponerse de acuerdo sobre qué hacer y cómo hacerlo, y los intereses y fidelidades al proyecto europeo no son compartidos al cien por cien. Más de uno y de dos de los recién llegados miran más hacia Washington que hacia Bruselas. Por otra parte, el no irlandés también será una acicate para los euroescépticos que abundan en algunos países. En el Reino Unido, por ejemplo, ya se están frotando las manos.
Otra característica específica y muy grave de esta crisis es la falta de liderazgo, tanto en el seno de la propia UE como en los países que la componen. Los ejes que históricamente han dominado la política europea ahora tampoco tienen sus líneas netamente definidas. En el franco-alemán, que ha sido fundamental para que Europa camine, la sintonía escasea entre la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy, mientras abunda la desconfianza mutua.
En los último tres años, desde que se dio marcha atrás al Tratado Constitucional, la parálisis se ha apoderado de la UE, excepción hecha de la elaboración del minitratado sucedáneo. Y a esta parálisis se añade ahora otro elemento gravemente perturbador como es la crisis económica internacional que no hace distinciones de países o fronteras.
Irlanda, obligada por su propia Constitución, era el único de los 27 países que debía someter la ratificación del tratado al voto directo de los ciudadanos. Hasta la fecha, dos tercios de los estados miembros, o sea 18, lo han ratificado en sus parlamentos respectivos y los ocho restantes están pendientes de hacerlo (España lo hará en breve). Existe el convencimiento de que si el tratado se hubiera sometido a un referéndum en otros países, el resultado también hubiera sido negativo. Y eso plantea la vieja y repetida cantilena de la distancia entre las instituciones europeas y el ciudadano.
De esta ducha irlandesa, lo que resulta más chocante es que menos del 1% de la población de la UE (862.415 votos) pueda poner en vilo un marco de entendimiento que, sin ser el mejor, es necesario para el buen funcionamiento de las instituciones europeas. Los próximos jueves y viernes, la cumbre de Bréeselas deberá buscar la fórmula para salir de este atolladero.
Dar por muerto el Tratado de Lisboa, sería suicida. Renegociarlo, significaría retroceder al menos 20 años. Ponerle un parche para que Irlanda pudiera aprobarlo en un segundo referéndum, además de arriesgado, implicaría un desprestigio innecesario y constituiría un agravio para otros países. Por el contrario, no deberían asustar fórmulas como las dos velocidades y menos cuando no es fácil poner de acuerdo a 27 socios, como tampoco debería asustar que un miembro decidiera darse de baja del club.
A PIÉ DE PÁGINA. Resulta chocante que los partidarios del no saludaran su triunfo considerándolo "un gran triunfo para Irlanda", cuando ha sido la UE la que ha hecho posible el extraordinario despegue económico del país considerado el tigre celta. Por otra parte, el referéndum ha confirmado aquello de que los extremos se tocan al apoyar el no tanto la extrema izquierda del Sinn Féin como el embajador de los neoconservadores estadounidenses, el multimillonario Declan Ganley artífice de la campaña contraria al tratado, y la prensa derechista de Rupert Murdoch.


* Rosa Massaguées periodista de EL PERIÓDICO, medio al que se incorporó en su fundación, en 1978. Ha desarrollado parte de su actividad profesional como corresponsal de este diario en Londres y Roma.

FRATERNALMENTE. DR. LUIS ANTONIO, ROMERO YAHUACHI

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