domingo, 3 de junio de 2012

CABO ALFREDO MALDONADO ARIAS,

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Olvidados, o minimizados, por los libros de Historia, son muchos los afro peruanos que han ofrendado la vida por la patria. Pelearon codo a codo con héroes reconocidos por la Historia oficial, pero su condición de negros en un país racista los privó de la gloria merecida. Esta es una crónica que intenta reivindicarlos.
El 7 de junio de 1880, es para el Perú una fecha emblemática por su significado histórico y, por el extraordinario ejemplo que nos han legado Francisco Bolognesi y los militares y marinos que los acompañaron en esa épica jornada.
A Bolognesi y los defensores del Morro se les había confiado defender una plaza, con tropas que no eran numerosas y con refuerzos que nunca llegaron. Pero nuestros héroes sabían que la orden dada no se sustentaba en la fuerza o en su pericia militar, sino en su fortaleza moral y en su inquebrantable honor militar.
Fueron muchos los valientes que ese día se inmolaron en defensa de la patria. El recuerdo de hombres valerosos como José Joaquín Inclán, de un heroico Alfonso Ugarte, de un titán como Justo Arias Aragüez, un memorable Juan More, de un épico Ramón Zavala, un osado Ricardo O’Donovan, del impetuoso Francisco Cornejo, nunca quedarán en el extravío.
Sin embargo, hay muchos personajes olvidados por la historia, cuyas acciones enternecen nuestro corazón, por la magnitud de su heroísmo y entrega. Ese es el caso del cabo Alfredo Maldonado Arias, cuya gesta ha sido rescatada del olvido, por la distinguida educadora ariqueña Matilde Rello, quien la trasmitió al historiador Gerardo Vargas Hurtado, quien la consignó en su importante obra “La Batalla de Arica”.
Este joven héroe, nació en Arica en el año de 1864, en el humilde hogar constituido por doña Micaela Arias y el obrero don Santiago Maldonado. Al estallar la guerra con Chile, tenía quince años, pero ello no fue obstáculo para que se enrolara como cabo de artillería en el Ejército del Sur. En 1880 se encontraba sirviendo en la plaza de Arica, donde la artillería había sido organizada en tres Baterías: del Norte, del Morro y del Este.
Esta última estaba a órdenes del teniente coronel Medardo Cornejo y se componía de la batería Este y la Batería Ciudadela, ubicada en el cerro Chuño y, donde estaba asignado el cabo Maldonado, bajo el mando del mayor Fermín Nacarino.

Relata Matilde Rello, que “al anochecer del 05 de junio de 1880, Alfredo obtenía permiso de su jefe para ir al cercano valle de Azapa, adonde se hallaban refugiadas algunas familias de Arica, para despedirse de su madre. Quién sabe si su superior jerárquico, compadecido del muchacho, le concedió el permiso, pensando se aprovecharía para huir del inminente peligro de muerte en que se encontraban”. Se equivocó el oficial, porque no sabía que este joven, que apenas llegaba a los 16 años era un hombre de la pasta de Bolognesi, Blondel, Arias Aragüez y otros tantos héroes de los que se enorgullece nuestra historia.
Al encontrarse con su madre, esta le pidió que se quedara a su lado y no regresara a Arica, porque era evidente que la plaza estaba pérdida. Su anciana madre, presa de una natural desesperación se arrojó a sus pies y llorando le dijo: “hijo mío, por estos pechos que te amamantaron, por este vientre que te llevó 9 meses, no regreses a las baterías, quédate; un hombre más o un hombre menos no hace falta”.
Alfredo se arrodilló, besó el vientre de su madre, rogó le diera su bendición y se despidió de ella diciéndole: “vale más un hijo que muere cumpliendo con su deber, que uno que vive faltando a él”. Esa misma noche regresó a su puesto en la Batería “Ciudadela”.
El día 6 la artillería enemiga reinició los bombardeos a las posiciones peruanas, para encubrir el desplazamiento de su fuerza.
En las primeras horas del 7 de junio, el escalón de asalto de los invasores inició su avance por el lado de la “Ciudadela”, donde también se hallaban los batallones “Granaderos de Tacna”, y “Cazadores de Piérola”. El ataque principal se orientó hacía esta batería. La lucha fue cruenta, el mayor número se impuso. El enemigo había tomado todas las alturas y demandaba rendición, pero todos se batían defendiendo su reducto con feroz coraje.
El coronel Justo Arias Aragüez, comandante del “Granaderos de Tacna”, arengaba a su tropa y sable en mano continuaba en la brega, cuando un soldado chileno, volvió a exigir la rendición. Indignado, el peruano gritó: “¡no me rindo carajo! ¡Viva el Perú!...”, en ese momento una bala cegó su vida.
Allí mismo, el cabo Maldonado vio morir a su tío Nicolás, a su jefe directo el sargento mayor
Fermín Nacarino y a casi todos sus compañeros de armas.
Alfredo permanecía solo cerca de la batería, viendo cómo el enemigo se aproximaba y le intimaba rendición. Pero él, emulando el valor de Arias Aragüez les respondió “¡Yo no me rindo, cobardes…!” Al ver que el enemigo avanzaba hacia su posición, comprendió que la suerte estaba echada. Sus ánimos se enardecieron al ver que el fuerte era tomado y la bandera peruana arriada y en su lugar se izaba la chilena.
En ese momento el cabo “con la rapidez de un rayo penetró a la santabárbara de la “Ciudadela” y aplicó la mecha al polvorín haciéndola estallar, volando en mil pedazos, juntamente con varios compañeros suyos que yacían heridos, y con los enemigos que le imponían rendición”. Acota Gerardo Vargas.
El coronel Marcelino Varela, también describe con admiración la hazaña del niño héroe, en el parte que envía a la Secretaría de Guerra:
“... en estas circunstancias, el primer fuerte resistía heroicamente; cuando de improviso sentimos a lo lejos el estallido del polvorín, quedando sepultados en una nube de humo y fuego casi la totalidad de los combatientes, y muchos de los enemigos que engolfados con la idea de la próxima victoria, se habían lanzado sobre la batería. Según informes que he recibido, el polvorín fue incendiado por un joven de 16 años llamado Alfredo Maldonado...”.
Después de la batalla y tomada la plaza, las autoridades chilenas permitieron a las familias recoger los restos de sus deudos. La madre de Alfredo Maldonado, buscó desesperadamente lo restos de su amado hijo, pero, por la magnitud de la explosión, sólo pudo encontrar la cabeza de éste y un fragmento de brazo con la respectiva manga. Le dio cristiana sepultura.
Durante la ocupación, este lugar, refirió la maestra Rello, se convirtió un lugar de peregrinación y romería adonde asistían los escolares de Arica, acompañados de sus maestros cada 7 de Junio. El Ejército del Perú para honrar su memoria ha asignado su nombre al Grupo de Artillería de Campaña Nº 123.
Que su ejemplo sigan inspirando a las jóvenes generaciones de hoy y de mañana.



1 comentario:

  1. Gracias por la información, aunque la foto no corresponde;ya que es de un soldado bolviano, publicada por la revista Chilena ZIG-ZAG durante la década del 1920.

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