viernes, 1 de febrero de 2013

BATALLA DE FARSALIA

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La batalla de Farsalia se libró en Grecia el 9 de agosto, en el año 48 a.C. Los romanos se enfrentaban a las tropas de Julio César y Cneo Pompeyo Magno, en el contexto de la guerra civil que trajo la república romana en las manos de César. Veinte y dos mil cesáreas (mil de los cuales eran caballeros) se enfrentaron a unos 45.000 (cinco mil de los cuales eran caballeros) en la confrontación de Pompeya.
La batalla de Farsalia es la obra maestra de la táctica de César y presenta algunas particularidades que la han hecho objeto de estudio a lo largo de los siglos.

En primer lugar, los contendientes son dos "primeros espadas" romanos, los más destacados desde Cayo Mario sesenta años antes. En segundo lugar, la batalla de Farsalia es una batalla de romanos contra romanos, de legiones contra legiones, lo que la hace enormemente atractiva ya que en teoría existía una cierta igualdad táctica. En tercer lugar, es una de esas pocas batallas que realmente han cambiado el curso de la Historia.

LOS EJÉRCITOS

Aunque no es fácil conocer el número de efectivos de las tropas de las batallas de aquella época, ya que los vencidos tendían a exagerar la cantidad de soldados de los ejércitos enemigos, por los datos históricos disponibles, en este caso podemos hacernos una idea bastante aproximada. En la siguiente tabla se resume el contenido de ambos ejércitos:
CÉSAR
a) Caballería: Galos 600 Germanos 400. Total 1.000
b) Infantería: 23.000 Legionarios
c) Infantería auxiliar: Caballeria 400 Aliados 7.000. Total 7.400
TOTAL: 31.400

POMPEYO
a) Caballería: Aliados 7.000. Total 7.000
b) Infantería: 50.000 Legionarios
c) Infantería auxiliar: Hispanos 5.000 Aliados 4.200. Total 9.200
TOTAL: 66.200

LA BATALLA

Una vez formado su ejército, César dio inmediatamente la orden de atacar. Los legionarios avanzaron hacia las líneas pompeyanas que no se movieron. Cuando los cesarianos comenzaron a correr hacia ellos tampoco se movieron los pompeyanos, entonces tuvo lugar una de esas escenas para la Historia: los legionarios de César, espontáneamente, se pararon en su carrera, descansaron unos minutos, recuperaron el aliento y después siguieron avanzando hacia las líneas de Pompeyo. Era la reacción de un ejército veterano al que Pompeyo no iba a tomarle el pelo ni mucho menos. A medida que la distancia entre los ejércitos disminuía, César pudo hacerse una idea más clara de la situación. Su ala derecha, con la mítica Décima legión, no tendría problema en resistir el empuje enemigo y él mismo había colocado su puesto de mando tras ella, pero el ala izquierda estaba comprometida, ya que la formación de auxiliares tendría que enfrentarse no sólo a la infantería auxiliar pompeyana, sino a una legión, por lo que César delegó el mando de este ala a Marco Antonio, su mejor legado. Que César hiciera esto confirma que sus temores eran las alas y no el centro, ya que él siempre se colocaba en los lugares donde el peligro era mayor para poder acudir rápidamente, algo que aprendió en la batalla contra los nervios. Toda la clave de la táctica pompeyana era el ala derecha de César y por ello se situó allí, para estar cerca de la “cuarta línea” formada por las ocho cohortes.

La clave de la maniobra era "frenar" en seco a los jinetes pompeyanos, ya que si éstos conseguían pasar por el hueco formado por la Décima y la ladera del monte, toda la retaguardia cesariana estaría comprometida sin remedio. Si las ocho cohortes hubieran querido atacar a la caballería pompeyana está claro que ésta no se hubiera dejado, ya que la velocidad de un caballo al trote supera la carrera de un legionario y en cuestión de un par de minutos todos los jinetes podrían estar en la ribera del Eunipeo espoleando a sus monturas. No podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando a 7.000 jinetes en un espacio abierto y a éstos dejándose masacrar tan tranquilos. Así como tampoco podemos imaginarnos a las ocho cohortes atacando en línea con la caballería puesto que ello obligaba a la caballería a ir al mismo paso que los legionarios a fin de no dejar un peligroso hueco por el que los jinetes pompeyanos hubieran podido introducirse.

La clave de las ocho cohortes era impedir que la caballería pompeyana consiguiera flanquear el ala cesariana, por lo que lo más lógico es pensar que las ocho cohortes se situaron de la forma abajo expuesta, en línea, con los huecos entre manípulos abiertos para permitir el paso de la caballería propia.
De esta manera, las ocho cohortes forman un muro entre el flanco derecho de la Décima y la ladera del monte, así no hay posibilidad alguna de replegarse y reagruparse, ya que al este y al norte está el monte, al sur las ocho cohortes y al oeste dos ejércitos que se aproximan como una prensa en la que la caballería quedaría aplastada. Si la caballería de Pompeyo era rechazada sólo cabía huir ladera arriba, esparciéndose monte arriba en completo desorden. Es posible que estas ocho cohortes permanecieran ocultas detrás de la línea de legiones hasta el último momento para evitar que Pompeyo las detectara y se diera cuenta de la trampa, pero aunque hubiera sido así, una línea de tan escasa profundidad no hubiera inquietado a éste ni a Labieno que hubieran pensado en arrollarla fácilmente.

Mientras la caballería pompeyana cargaba contra la cesariana los infantes auxiliares de Pompeyo (infantería ligera, ya que toda la infantería auxiliar pesada pompeyana se hallaba en el lado del río) siguieron a sus jinetes esperando el momento de realizar el flanqueo y lanzarse contra la retaguardia de las legiones. Por ello, esta infantería no sólo había sobrepasado la línea trasera de sus legiones, sino que se hallaba justamente en el flanco de éstas. Si la maniobra de Labieno salía bien estarían en magnífica situación para correr a flanquear la línea cesariana... pero si salía mal, serían atropellados por su propia caballería en fuga.

Poco después los legionarios de César lanzaron sus lanzas y desenvainando sus espadas hispanas cargaron contra las líneas pompeyanas.

Los 1.000 jinetes de César a cuya cabeza se hallaban los 400 jinetes germanos, no fueron arrollados por los 7.000 pompeyanos, y seguro que los germanos tuvieron buena parte de la "culpa". Si los galos de Alesia, que conocían de sobra a estos gigantes se aterrorizaron al verlos ¿qué sentirían hombres que jamás habían visto a un gigante germano al verle lanzarse a la carga?... Pues de todo menos alegría. Además, entre los jinetes cesarianos se encontraban infantes que atacaban directamente a los jinetes pompeyanos desde abajo, lo que aumentó la confusión de éstos. Pero no duró mucho el susto ni la confusión, ya que los jinetes cesarianos volvieron grupas, los infantes que los acompañaban se agarraron fuertemente a las crines y colas de los caballos y rápidamente se alejaron a galope tendido hacia el sur. ¡Victoria! debieron pensar los aturdidos pompeyanos mientras se reagrupaban para cargar contra la caballería de César en retirada que se replegaba ordenadamente a través de los huecos dejados por los manípulos de las ocho cohortes.

El ataque de las ocho cohortes

El ataque de la caballería cesariana había frenado la carga pompeyana. Los germanos habían conseguido unos segundos de pausa preciosos, ya que ahora los pompeyanos dejaron pasar otros segundos más preciosos aún reorganizándose para embestir en línea. Esos segundos de desfase entre la pérdida de contacto y la carga fueron vitales para permitir que la caballería cesariana escapara por los huecos de las ocho cohortes que tras pasar el último jinete y el último infante ligero se cerraron en cuestión de pocos segundos formando así una línea continua entre el flanco derecho de la Décima y las laderas del Dogandzis. Si la caballería pompeyana quería pasar sólo podía hacerlo por allí, así que, confiada, cargó contra la delgada línea formada por las ocho cohortes.

César dice que fueron sus cohortes las que cargaron contra los jinetes pompeyanos. Es decir, que las ocho cohortes atacaron a los jinetes y no al revés. Efectivamente, cuando los jinetes pompeyanos llegan ante la línea cesariana, las ocho cohortes atacan como una muralla de escudos y pila móvil ante la que los jinetes de Pompeyo no pueden hacer nada salvo frenarse. Exactamente igual que les ocurrirá a los jinetes franceses en Waterloo cuando atacaron a los cuadros de infantería inglesa, solo que los cesarianos no permanecieron clavados en el suelo, sino que cargaron contra los jinetes. Y es que la caballería nunca ha podido vencer a una infantería disciplinada, conjuntada y, sobre todo, bien mandada que oponga un bloque sólido, un verdadero muro infranqueable. Si los jinetes de Pompeyo no pueden cruzar, evidentemente tienen que frenarse, y es en ese momento cuando las ocho cohortes atacan como un mazo a aquella gigantesca masa de jinetes cuyo factor primordial táctico, la potencia de carga, ha sido anulado por el frenazo al que han sido sometidos. Como una verdadera muralla, en orden cerrado, los legionarios cesarianos atacan ferozmente a los jinetes pompeyanos de la primera línea destrozándoles el rostro a lanzazos. Ante la inusitada violencia del ataque, el pánico se apodera de la segunda línea pompeyana que no tarda en reunirse con sus compañeros caídos. Los jinetes de las siguientes líneas vuelven grupas tratando desesperadamente de escapar de aquella mortal encerrona y se origina una oleada de histeria colectiva que partiendo de las primeras líneas no tarda en alcanzar las últimas. Los jinetes pompeyanos de las primeras líneas en el flanco izquierdo, que están más cercanos al monte, escapan de la trampa subiendo la ladera a galope. Y en ese momento todos sus compañeros pueden verles escapar monte arriba. ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos hemos detenido? debían preguntarse los jinetes de las últimas líneas, y de repente ven como su ala izquierda escapa ladera arriba, por el único camino posible. La huida de parte del flanco izquierdo de la caballería pompeyana posibilitará ahora a las cohortes cesarianas más próximas al Dogandzis atacar también de flanco a los jinetes pompeyanos que se enfrentan ahora a la posibilidad de quedar atrapados entre las ocho cohortes y la Décima legión cesariana por un lado y el monte y su propia infantería ligera por otro. Y entonces estalla el pánico generalizado. Los jinetes de las últimas líneas vuelven grupas y se lanzan contra su propia infantería ligera a la que atropellan en su alocada huida. La caballería cesariana no pierde el tiempo y emprende la persecución de los jinetes pompeyanos a los que irán cazando por grupos por las laderas del Dogandzis. Pompeyo observa boquiabierto la huida de sus jinetes, pero no puede hacer nada, ya que no ha previsto una reserva táctica. Sus legiones no sólo no pueden romper la línea cesariana, sino que los legionarios de César les están ganando terreno, infringiéndoles muchas más bajas de las que ellos pueden hacerles a su vez. Ahora Pompeyo se queda mudo de espanto cuando desde su posición en la ladera del Dogandzis ve claramente cómo las ocho cohortes atacan a su infantería ligera, que previamente había sido atropellada por su propia caballería. Las ocho cohortes cargan contra los infantes ligeros empujándolos hacia el flanco izquierdo de su propia línea de combate. El resultado es que la infantería ligera pompeyana es aplastada contra la legión de la izquierda pompeyana y masacrada por los legionarios de César que se abren paso hasta el mismo flanco de la línea de combate pompeyana sobre un mar de cadáveres para embestir la legión de su izquierda. En ese momento a Pompeyo sólo podía salvarle lo que ocurriera en la ribera del Eunipeo, pero allí Marco Antonio dirige con eficacia el ala izquierda de César donde los infantes auxiliares cesarianos se baten como leones contra los legionarios de Pompeyo, demostrando que un soldado bien preparado y mandado puede enfrentarse a cualquier enemigo, aunque sean legiones romanas.

Probablemente Pompeyo se aferró a una última esperanza: que su caballería consiguiera reagruparse y contraatacar. Pero los jinetes que regresaron no fueron los suyos, sino los de César, para cargar contra la retaguardia del ala izquierda pompeyana.
Un soldado no hay nada a lo que tenga más miedo que a quedar rodeado. Y no estamos hablando de Stalingrado, donde las líneas se extendían kilómetros y kilómetros. En Farsalia todo estaba a la vista y el momento definitivo fue cuando la caballería cesariana apareció para lanzarse contra la retaguardia del flanco izquierdo pompeyano. El propio Pompeyo huyó mudo de espanto a su campamento, seguido por toda su corte de optimates y dejando abandonados a sus hombres que quedaron a merced de sus errores y su prepotencia al pensar que la victoria era completamente segura. En ese momento las cohortes de la tercera línea de Pompeyo, que habían visto a su jefe huir, decidieron que no iban a dejarse matar por un general que les había dejado tirados y comenzaron la huida a la carrera hacia el campamento. Y la verdad es que ¿quién puede culparles de algo? Su propio jefe ya estaba a salvo en su lujosa tienda y ellos habían quedado sin mando y sin órdenes, y sobre todo, sin esperanza alguna en lograr la victoria, ya que ningún plan alternativo se había dispuesto.
 POMPEYO HUYE DEL CAMPO DE BATALLA 
El valor de la desesperada resistencia que trataron de oponer los pompeyanos ante su campamento queda reflejado por el hecho de que Pompeyo huye de él antes de que un sólo cesariano haya puesto el pie en sus terraplenes. Es César en persona quien dirige la acometida al campamento, lo que claramente demuestra su valor y su ansiedad. César pretende capturar a Pompeyo con vida y poner fin allí mismo a la guerra. No hace mucho Pompeyo había sido su amigo y había hecho feliz a su hija Julia. Y César no podía olvidar ni lo uno ni lo otro. Por lo tanto, la decisión de lanzarse espada en mano al frente de sus hombres al asalto del campamento tiene un motivo lógico e importante, pero es sumamente arriesgada. Alejandro Magno lo hizo en Tiro y ello sirvió para que sus hombres escalaran los muros con más brío. Y César, que sabía que sus hombres estaban muy cansados por el tremendo esfuerzo del combate, no dudó en arriesgar una vez más su vida poniéndose al frente de sus “muchachos”, consiguiendo de paso lo mismo que consiguió Alejandro: que sus hombres vieran redoblarse sus energías.

LAS BAJAS

César escribe en los Comentarios que tuvo 200 muertos por 10.000 pompeyanos. Parece una cifra muy baja la que nos da. ¿Miente César?. No, mentir no miente, pero evidentemente tampoco nos lo cuenta todo. Lo que ocurre es que en este caso "olvida" mencionar las bajas de los auxiliares y la caballería aliada.
CÉSAR
Total efectivos 31.400
Bajas 1.200           
% de Bajas 3,8
POMPEYO
Total efectivos: 66.200
Bajas 10.000
% de Bajas 15,1

CONCLUSIÓN
La batalla de Farsalia es una obra maestra en la que uno de los contendientes aprovecha en su propio beneficio las enormes ventajas tácticas del otro. Una obra de genios que tan sólo Alejandro, Aníbal, César y Napoleón conseguirán a lo largo de la Historia de manera tan rotunda, tan definitiva. De ellos, tan sólo Alejandro y César morirán invictos, triunfantes en la cumbre de su poder, demostrando que además de genios de la táctica fueron maestros de la estrategia. Frente al proyecto de Alejandro, diluido tras su muerte, César conseguirá dejar los cimientos del Imperio Romano listos para ser edificado. Farsalia fue el inicio del fin de la República, la batalla en la que se decidió que Roma se convertiría en un Imperio Universal como el que soñó Alejandro siglos antes y que ahora César iba a convertir en realidad.


Fraternalmente
Luis Romero Yahuachi

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