miércoles, 12 de junio de 2013

Wilmer Vásquez Isuiza

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EL 7 de junio, día de nuestra bandera y de la epopeya de Arica, nos encuentra enfrascados en un debate sobre el servicio militar que deja la percepción de que, en el Perú, ese servicio es solo una opción para escapar de la pobreza o para corregir a pandilleros. En las naciones desarrolladas, en cambio, es un gran honor y, por tanto, sirven casi todos los ciudadanos, de príncipe a paje.

Esta es una historia para que los jóvenes sepan lo que un peruano es capaz de hacer cuando sirve a su patria, y entiendan por qué es un honor servirla. Es la historia de Wilmer Vásquez Isuiza, un chico de Saposoa que, a los 17 años, protagonizó un episodio de valor conmovedor: Él solo se enfrentó y contuvo a una columna de 30 terroristas.

Por su 1.54 de estatura y su figura flaca, el cabo Pistón (nombre de guerra) era el punto de las bromas del Batallón Contra Terrorista 26 – Tocache. Pero en ese cuerpo esmirriado habitaba un guerrero indomable, como lo demostró el 13 de diciembre de 1997, cuando su patrulla fue emboscada en la zona de Pizana.

El vehículo en que viajaba y sus ocupantes volaron por los aires al estallar una bomba sembrada en el camino. Inmediatamente después, una lluvia de balas cayó desde el monte sobre la tropa, muriendo 14 integrantes de la patrulla, solo el cabo “Pistón” salió ileso.



Cuando los terroristas -comunistas empezaron a bajar para rematar a los heridos y robarse el armamento, Wilmer los repelió. El cabo, que había quedado aturdido por la bomba, reaccionó, rescató las armas que pudo, se parapetó detrás de una vaca muerta y resistió allí. Los terroristas le disparaban y le exigían que se rindiera; él les disparaba. Un terrorista logró rodearlo pero lo dejó fuera de combate con un tiro. Al final del desigual enfrentamiento, Wilmer había abatido a nueve terroristas: Uno muerto y ocho heridos.

Cuando las tropas de refuerzo llegaron, se encontraron ante un cuadro dantesco: cuerpos despedazados y cadáveres desperdigados. Detrás de la res estaba “Pistón” aferrado a su fusil, llorando a sus camaradas caídos. Quiso sumarse a la persecución de los asesinos, pero no lo dejaron.


Wilmer Vasquez Isuiza es condecorado


Por su valentía, fue ascendido a sargento y se ganó el respeto de sus camaradas. Al irse de baja no pudo leer el discurso de su promoción – era analfabeto -, pero pidió la palabra para recordar a sus hermanos caídos. Dijo que esas muertes no fueron en vano porque el terrorismo había sido derrotado, y que “el más alto honor que tiene un soldado es dar su vida por la patria (…) porque rico no es el que tiene dinero sino el que tiene valores”.

“Pistón” recibió el 2012 un homenaje de la 3ª Brigada de Fuerzas Especiales del Ejército, en Tarapoto, merecido, pero insuficiente, por su acto de valor. El país le debe un reconocimiento cabal porque demostró, ante todo, que servir a la patria es un honor, no un castigo, ni un escape. Aprendan los políticos.



Fraternalmente
Luis Romero Yahuachi

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